Israel bombardeó la casa de Nahla el 4 de enero de 2024; bombardeó el campamento de Maghazi, en Gaza, sin previo aviso y de madrugada, cuando no se lo esperaban. Esa noche pasó varias horas sepultada bajo los escombros, no podía saber si el resto de sus hijos e hijas estaban vivas, oía voces, pero temía lo peor. Intentaba adivinar entre la oscuridad. Nahla llora al recordar tanta angustia. Su marido y su hija de 21 años no sobrevivieron al ataque.
Esa misma noche, otra de sus hijas fue alcanzada por un proyectil mientras salvaba al hermano pequeño, de tan sólo dos años. Las heridas que sufrió la niña fueron tan graves que le propusieron salir de Gaza para operarla. El problema es que debía dejar allí al resto de su familia. «Supliqué que nos dejasen ir a todos o por lo menos al pequeño, al que todavía le estaba dando el pecho, pero no fue posible. Fue la peor decisión de mi vida: o salvar a una de mis hijas y abandonar al resto o condenarnos a todos”, lamenta.
Finalmente, el 24 de julio, Nahla y dos de sus hijas fueron evacuadas junto a otras 11 familias a través de un programa de la OMS, la Organización Mundial de la Salud, para transportar a niños y niñas palestinas que necesitan tratamiento médico urgente.
Nahla deja claro que ella “no eligió”, que se vio obligada a tomar una decisión, la de desplazarse forzosamente, “no tenía elección”, cuenta. Y es que esta es la realidad de quienes huyen para salvar su vida y la de su familia, esta vez de un genocidio que vemos cada día en los medios de comunicación y las redes sociales.
Actualmente vive en Euskadi, acogida por CEAR y con acompañamiento social, jurídico y psicológico. Nahla relata que su día a día es muy difícil: “voy por la calle y me siento desubicada, es una situación durísima”. No sabe si volverá a ver a sus hijos con vida y esto le aterra, “me da mucho miedo no poder volver a ver a mis hijos”.
En Gaza siguen Abdelrahman, de cuatro años; Nazir, de diez; Nour, de 17; y Sahel, que acaba de cumplir los 18. Vive pegada al teléfono, pendiente de las noticias de la Franja, sobre todo de la zona en la que sobreviven sus hijos, que están solos, sin familia, sin agua ni comida. Intenta comunicarse cada día para saber si están bien, pero no es fácil. Nahla solo quiere que sus hijos vengan a Euskadi con ella, por eso reclama al estado español medidas concretas y un plan de evacuación para su familia. Lanza un mensaje a sus hijos: “estoy haciendo todo lo posible por traeros”.
Nahla tiene 47 años, es la tercera generación que nace en un campamento, sin una educación segura. Aún así, es abogada, “una de las más importantes de la franja de Gaza”, “23 años de experiencia”, cuenta orgullosa. La historia de Nahla es la de muchas mujeres con menores a cargo que han salido de Gaza. Han sobrevivido “al exterminio” como ella dice, pero siente que su vida está aún rota, como la de tantas a manos de Israel. Cree que “el mundo no debería dejar morir a los niños y niñas de Gaza”, ellos y ellas también “tienen todo el derecho a tener una vida segura, a dormirse sin escuchar misiles, como el resto de niños del mundo”.