Lamentablemente, los casos de mutilación genital femenina que atendemos en CEAR no suelen ser casos de violencia aislada. “Es habitual que las mujeres que han sido víctimas de esta práctica también lo hayan sido de matrimonio forzado, violencia sexual, física o psicológica dentro y fuera del matrimonio, o todas al mismo tiempo”, explica Laura Carrillo, psicóloga del programa para personas en situación de vulnerabilidad en Leganés, dirigido a mujeres que han sufrido diferentes formas de violencia de género.
Este programa ofrece espacios seguros durante un máximo de 24 meses con plazas para 35 mujeres. En concreto, pisos de autonomía con un estrecho acompañamiento. La disponibilidad y la predisposición de todo el equipo humano permite que mujeres como Fatah consigan sentirse preparadas para reconstruir su vida tras un proceso de recuperación física y emocional.
Fatah, la luz al otro lado de la habitación oscura
Fatah se encontraba en “una habitación oscura”, según describe, hasta que descubrió que “fuera se encontraba la luz”. Llegar a ella no fue un camino fácil. Tuvo la valentía de huir de Somalia, su país de nacimiento. La violencia física y sexual que sufría por parte de su marido y de grupos terroristas de la región llegó a ser tan extrema que no le dieron opción. Necesitaba poner a salvo su vida.
El 20 de octubre de 2023 llegó a Leganés para formar parte de este programa dirigido al acompañamiento de mujeres superviviente de diferentes tipos de violencia. Fatah lo recuerda a la perfección, había aterrizado en España hacía tan solo unos días y todavía el miedo le atravesaba el cuerpo: “sentía muchísima soledad, no conocía a nadie, no tenía amigos ni familia”. Recuerda que fue “Laura”, la psicóloga del centro, quien la recibió y presentó al resto del equipo. “Una semana después sentía que estaba entre mi familia, me trataron como a una hija”, rememora con una sonrisa.
Laura Carrillo, su psicóloga, también lo recuerda: “Su dolor era abrumador. No dejaba de llorar y hablaba de las diferentes violencias que había sufrido en su país, excepto la mutilación genital. Su cuerpo y su mente habían reprimido este episodio, que le resultaba demasiado doloroso para ser narrado”.
“Hasta que no se construye un clima de seguridad y confianza es muy difícil que una mujer te cuente una experiencia tan traumática”, explica Marisa Fernández, su trabajadora social. “Y no siempre es así, hay casos en los que las propias mujeres no saben que se lo han practicado o no quieren compartirlo. Ellas hablan del rito o la fiesta”.
En el caso de Fatah, el engaño por alguien cercano a ella para someterla a esta práctica inhumana, no le permite confiar demasiado en ninguna persona. “Cuando me lo contó fuimos abordando su historia para liberar emociones atrapadas. Trabajamos en reconocer cómo su cuerpo reaccionaba ante estos recuerdos y en integrar el trauma con técnicas específicas (…) El caso de Fatah es un caso de superación, pero no siempre es así.”, reconoce Laura.
“En este caso, al tratarse de un programa dirigido a perfiles en situación de especial vulnerabilidad, el acompañamiento ha sido clave durante todo el proceso, desde la detección, toma de decisiones y posterior recuperación”, explica Marisa.
Cuando aparece un caso de mutilación genital femenina, CEAR se pone en contacto con organizaciones como Médicos del Mundo y Save a Girl, Save a Generation, las cuales ofrecen desde citas con especialistas sanitarios hasta sesiones psicológicas individuales y grupales con profesionales especializadas en mutilación genital femenina. El apoyo médico y el acompañamiento de mediación intercultural que brindan estas organizaciones es transversal en todo el itinerario, y esencial para que las mujeres encuentren un espacio seguro para conocer todas las opciones y elegir libremente por cuál optar.
Fatah eligió someterse a la cirugía reconstructiva genital. Afortunadamente, el Hospital 12 de octubre de Madrid cuenta con una unidad especializada para este tipo de casos, lo que facilita enormemente la tramitación, cirugía y postoperatorio.
El papel de la mediadora intercultural de Médicos del Mundo ha sido una pieza fundamental en este tablero de reconstrucción física y emocional. En palabras de Fatah: “Es de mi país, habla mi idioma y ha sido un gran apoyo, me ha acompañado a las citas médicas, el día de la cirugía y en el postoperatorio”, reconoce. Pero, además, representa un puente entre ambas culturas y un sostén emocional para mitigar la culpa y la “traición” cultural que un tratamiento así despierta.
“La red de apoyo es clave en la recuperación emocional. Si consiguen conectar con otras mujeres en situaciones similares, el resultado puede ser sanador. Ser escuchada sin juicio ayuda a validar el dolor, a reducir la vergüenza y a reforzar el sentido de comunidad. La sanación es un proceso único para cada una, y es fundamental respetar sus ritmos y acompañarlas sin forzarlas”, sostiene Laura.
“La decisión de reconstrucción es de las mujeres”, explica Marisa. “En el caso de Fatah fue porque según ella quería dar carpetazo a su pasado. Es una medida de empoderamiento, y gracias a esta decisión tiene expectativas de ser madre en un futuro”.
Cuando realizamos esta entrevista, tan solo han pasado unas semanas desde que Fatah se sometió a esta intervención. El postoperatorio no está siendo fácil, es muy doloroso y requiere de unos cuidados específicos. Sin embargo, Fatah se siente muy contenta de haber dado este importante paso, muestra una actitud alegre y optimista. Siente que ahora puede reconstruir su vida en pareja e incluso cumplir su sueño de ser madre.
Quiere que quede escrito su agradecimiento a CEAR, Médicos del Mundo, el Hospital 12 de Octubre y en concreto a su ginecóloga, María del Carmen Gutiérrez Vélez, quien lleva todo el seguimiento.
Su deseo para el futuro es “poder ayudar a otras mujeres” como ella. “A esas mujeres les diría que salgan de esa habitación oscura y busquen ayuda, que hablen con otras personas. Sí hay salida y sí hay ayuda”.
Amina: “No te dejes vencer, levántate y lucha por ti”
Amina llegó a la isla de El Hierro en julio de 2024 después de cruzar la peligrosísima ruta atlántica. Huyó de todo tipo de violencias que había sufrido a lo largo de su vida en Guinea, su país de origen: mutilación genital femenina, violencia intrafamiliar, matrimonio forzado y agresiones físicas, psicológicas y sexuales durante su matrimonio.
Tenía 8 años, pero recuerda; “los gritos, las manos que me sujetaban fuertemente y una sensación atroz que desgarraba mi cuerpo”. Fue el día que sufrió mutilación genital femenina y desde entonces, el dolor no ha desaparecido: “Sensación de quemazón insoportable, dificultad para andar, una infección que casi me cuesta la vida”, estas son algunas secuelas físicas de aquel día. Las psicológicas llegaron en su adolescencia cuando se dio cuenta de que su cuerpo había sido mutilado; “algo esencial me lo habían robado”. Las relaciones íntimas se convirtieron en una fuente de frustración y de tristeza. Y lo peor llegó cuando se quedó embarazada: “Ese día que debía ser el más bonito de mi vida, se convirtió en una pesadilla. El tejido cicatrizado de la mutilación hizo que el parto fuera extremadamente difícil”.
Hoy teme por su hija, a la que tuvo que dejar junto a su hijo con su hermana en Guinea, y a la que tuvo que proteger en una ocasión de las mujeres mayores de su pueblo que querían practicarle esta atrocidad inhumana.
Amina quiere poner palabras y dar detalles de lo que ha sufrido por su hija y por todas las generaciones que están por venir: “Quiero compartir mi historia para que otras niñas no tengan que pasar este sufrimiento. La mutilación no es una tradición es una violencia. Una violencia que destruye vidas, que roba infancias y deja cicatrices para siempre. Espero que un día esta práctica desaparezca y que las mujeres y niñas puedan vivir libres íntegramente y dignamente. Les diría que no se dejen vencer, que se levanten y luchen por ellas, aunque sea difícil”, sentencia.
Tenneh: “En Liberia no puedes hacer carrera política si no te hacen la mutilación genital femenina”
“Silencio”, es lo que recuerda Tenneh del día que pisó por primera vez el espacio de CEAR en el que fue acogida junto a su familia en Cádiz. Venían de un largo periplo desde Liberia pasando por Bruselas, París, Valencia y Melilla, donde lograron formalizar su solicitud de asilo.
Tenneh empezó a trabajar en UN Women en Liberia, donde descubrió las consecuencias silenciadas que acarreaba la mutilación genital femenina. Las amenazas hacia ella y sus hijas iban creciendo, hasta el punto de hacerse insostenibles, por lo que decidieron huir.
Las encargadas de promover esta práctica denigrante en su país se conforman en “una especie de secta que se llama Sociedad Sandé y se extiende por todo el país. Tratan de convencerte para que accedas a ello, y una vez has pasado por ello se abren ante ti muchas puertas, por ejemplo, una mujer que no tiene la mutilación genital no puede hacer carrera política, debido a que no tienen acceso las mujeres que viven en zonas rurales, ya que las decisiones importantes se toman en la Sociedad Sandé”. Otra estrategia de engaño que utilizan, explica Tenneh, es que las mujeres que ya han sido mutiladas no pueden decírselo a aquellas que no lo han sido: «Te dicen que, si hablas, te mueres. Nadie te advierte de lo que ocurre allí dentro. Te dicen que es un festival o ceremonia para pasar a la edad adulta”.
A otras mujeres les aconseja “negarse y rezar para que la ayuda les llegue”. Le gustaría que se hiciera “ley, como la que impide matar”. Tenneh quiere que su historia llegue al mundo entero para algún día “poder ser libres”.